En una sola semana, Cameron Wurf ha vuelto a demostrar que su concepto de entrenamiento no entiende de reglas ni de patrones.
El australiano pasó de correr 40 kilómetros por Barcelona un miércoles, a subirse a casa en Andorra en bici al día siguiente con 215 kilómetros y 3.493 metros de desnivel, para luego cerrar el bloque con una tirada de 307 kilómetros y casi 10.000 metros de ascenso en 13 horas y 39 minutos.
Entre medias, sesiones de carrera a pie y rutas de montaña que sumarían más de lo que muchos profesionales acumulan en un mes. Y, aunque pueda parecer una excentricidad, no es la primera vez que hace algo así. Wurf lleva años aplicando un modelo de trabajo que, más que un plan, parece un manifiesto contra la ortodoxia del entrenamiento.
Contra el sistema
Su forma de entender el deporte no es nueva. Ya en 2022 fue capaz de correr un maratón en 2 horas y 55 minutos… acompañado de su perro Ruff, que recorrió a su lado los 42 kilómetros por las calles de Santa Mónica sin aparente esfuerzo. Aquella anécdota resume bien a un atleta que se mueve por instinto, que se permite cruzar disciplinas y que entiende el entrenamiento como un fin en sí mismo.
Ahora, con 42 años recién cumplidos, Wurf afronta una de las temporadas más extremas de su carrera: completar las IRONMAN Pro Series al completo, un calendario de 16 pruebas —ocho IRONMAN y ocho 70.3— repartidas entre marzo y noviembre.
En cualquier manual, una planificación así se consideraría inviable: apenas hay margen para recuperarse de un esfuerzo máximo antes de afrontar el siguiente. Sin embargo, para él es una extensión natural de su vida deportiva, que ya ha incluido etapas como remero olímpico, ciclista profesional en el WorldTour y triatleta de larga distancia.
La clave, explica, está en su capacidad para gestionar la fatiga como parte del proceso, y en su predisposición a convertir cada contratiempo en una oportunidad. Lo demostró este mismo año, cuando en Oceanside fue descalificado por exceso de velocidad en el segmento ciclista. Lejos de retirarse, completó la maratón como un entrenamiento de calidad, aprovechando el día para preparar su siguiente gran cita.
Este estilo “contra el sistema” se refleja también en sus entrenamientos diarios. Puede pasar de una tirada de bici de más de 300 kilómetros a una carrera de fondo al día siguiente, sin que haya un objetivo competitivo inmediato.
Para muchos, sería una receta para el sobreentrenamiento; para él, es una forma de vida. Y, aunque sus resultados en la clasificación no siempre sean espectaculares, su sola presencia en la línea de salida, con una preparación así de radical, es una declaración de intenciones.
Un combustible fuera de lo común
Parte de la explicación a esta resistencia poco convencional está en cómo se alimenta en competición. En abril, tras batir el récord de ciclismo en IRONMAN Texas, reveló que había ingerido 28 geles y más de 200 gramos de carbohidratos por hora durante los 180 kilómetros de bici y la maratón posterior.
Una estrategia que rompe cualquier techo anterior de consumo y que confirma que su enfoque no solo es extremo en el volumen de entrenamiento, sino también en la forma de optimizar el rendimiento en carrera. Wurf entiende la nutrición como un arma más para mantenerse competitivo en un circuito donde la velocidad media y la capacidad de recuperación marcan la diferencia.
Este control sobre cada variable le permite afrontar semanas como la que acaba de firmar en agosto, donde la suma de kilómetros y desnivel sería inasumible para casi cualquier triatleta.
Lo hace, además, con la experiencia de quien lleva años saliendo de su zona de confort: lo mismo encadena un maratón a pie que una jornada de 13 horas en bici. Y aunque pueda parecer un exceso, es simplemente su forma habitual de entrenar.
