Cruzó la Cordillera de Los Andes en silla de ruedas

“Como el General San Martín, pero en lugar de un caballo blanco, Juan lo hizo en su silla de ruedas”, bromea un amigo. Pero la proeza no es para minimizarla. Juan Bustos fue el primer hombre en cruzar la Cordillera de Los Andes en silla de ruedas, y no una vez…sino ¡dos!

Desde pequeño sufrió de parálisis infantil, con una deficiencia para caminar, pero eso no lo detuvo y a los 19 años comenzó a competir.

Hoy tiene 71 años, y a sus 60 comenzó a cuidarse mucho las piernas, para evitar quebraduras o caídas. A pesar de su edad, la actividad física lo mantiene vital y sale a “andar” con su silla de ruedas, sumando entre 10 y 15 kilómetros los domingos. “A veces me estiro y hago 21k”, cuenta a Más Aire entre risas.

El Cruce de Los Andes comenzó a gestarse en 1977, incentivado por un profesor de gimnasia. Así fue como la idea comenzó a tomar forma y con tres amigos más, Juan logró en 1989 completar el recorrido de ida, tardando 3 días y 23 horas.

Lejos de conformarse, se motivó a buscar un desafío más exigente. En cambio, sus amigos abandonaron el deporte. Juan no se quedó de brazos cruzados, quería “algo más”…y le llegó la chance de hacer el récord y figurar en el libro Guiness.

Con ese reto, aceptó el compromiso, pero su perfil bajo lo hizo no querer la fama para él. Por ese motivo, llamó a otro corredor (Alberto Dávila) y entre los dos hicieron el recorrido.

Corría el año 1995 y Juan tenía 47. Alberto, en cambio, era más jóven.

La salida fue desde El Plumerillo, lugar donde San Martín preparó el Cruce. Y luego de llegar al KM 0 de Mendoza, pasaron para el lado chileno. En el túnel internacional mucha gente los esperaba y alentaba.

Así fue como bajaron los tiempos y completaron el circuito en menos de tres días, llegando a tierras chilenas.

“Fue algo muy lindo y emotivo, pero esto no terminó allí. Sino que siguieron los desafíos, por eso supe que tenía que entrenar más y más, agregando ejercicios en el gimnasio y mucha preparación”, recuerda.

Así fue como se comenzaron a presentar nuevos retos, y Juan los batía uno a uno. Primero fue hacer el camino de ida y vuelta. Con 420 kmts en un sentido.

Entre las anécdotas de sus travesías, recuerda los consejos que le dio el meteorólogo Bernardo Raskin sobre los momentos exactos para salir. “La fecha era el 18 de enero, porque luego se iba a complicar más el viaje, y acertó en todo”, detalla.

Lo cierto es que el clima le permitía aprovechar una ventana de 20 días para hacer todo el viaje por la cordillera, con el viento churrillero o viento blanco como máxima complicación, pero al ser de baja velocidad (15/30k) no afectaba.

En Puente del Inca había chances de encontrar una tormenta, pero no lo detendría. Y así fue como lo consiguió.

Después, lo llamaron para hacer la vuelta de Cuyo, uniendo Mendoza, San Luis y San Juan.

“Fueron 1100 kilómetros y no había que descuidar ningún detalle, sobre todo la alimentación, que era un factor determinante, pero estuvimos preparados”, rememora.

Por día, Juan debía entrenar entre 30 y 40k, aunque había jornadas en las que llegaba a 50.

En su historial deportivo, hay triunfos como los de las maratones de Concordia y La Pampa, o las carreras como Maratón de Reyes o Maratón de Los Dos Años, en Córdoba.

Además de su costado deportivo y aventurero, Juan tuvo una fábrica de silla de ruedas, y vendía a muy bajo costo sus productos, ayudando a muchos jóvenes que luego dieron que hablar dentro del deporte.

“Pelito” Roldán, de Santa Fe, el salteño Miguel Lescano o el bahiense López, son algunos de los corredores que tuvieron sus sillas, aunque en la actualidad, el más reconocido es Alejandro Maldonado. “Hace muchos años le hice una de sus primeras sillas, hoy es un orgullo verlo, porque es un gran maratonista”, cuenta.

En la última Maratón Internacional de Mendoza, su ciudad, contribuyó prestando una silla deportiva a Jesús Picón, que completó el recorrido gracias al empuje del atleta Eduardo Mulet.

 

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