Una corredora francesa bate el récord mundial de maratón con tacones

Christelle Doyhambehere, una asistente de enfermería francesa de 34 años de edad y madre de dos niños completó la pasada Maratón de París en 6 horas, 4 minutos y 7 segundos. Lo curioso de la situación no es el tiempo empleado, que está un poco pasado para cualquier que sepa realmente lo que es una maratón, sino que lo hizo corriendo con tacones de algo más de 7 centímetros, algo que sus rodillas seguirán sintiendo sin duda alguna hasta ahora.

La nueva marca establecida por Doyhambehere supone recortar una hora y 23 minutos sobre el anterior récord mundial de 7:27:53, establecido por la estadounidense Irene Sewell en el maratón de Chattanooga, Tennessee, en octubre de 2017.

La idea de correr maratón con tacones empezó a desarrollarse en la cabeza de esta mujer de 34 años hace un año, mientras iba al cine en un día de lluvia. Cuando ella y su pareja, con el que acababa de inscribirse en el maratón de París, salieron del cine, corrió hacia el coche, a pesar de los tacones altos que usa regularmente. “¿Por qué no corres la maratón con esos zapatos?” bromeó su compañero.

Después de leer sobre el historial de Irene Sewell, empezó a entrenar cinco o seis veces por semana, la mitad de las veces con zapatillas y la otra mitad en tacones. Los entrenamientos con tacones los hacía a menudo por la noche y con un frontal por miedo a “encontrar fotos de suyas en los medios de comunicación”.

Christelle Doyhambehere

Cuando comenzó la carrera el domingo pasado por la mañana, estaba bien preparada, llevaba sus zapatos de tacón bien pegados al tobillo, calcetines de correr y pantorrilleras de compresión.

Su carrera fue relativamente tranquila, salvo por un problema de rozaduras que su compañero y entrenador, que se le unió en el último tercio de la carrera después de haber completado el maratón él mismo, se ocupó de resolver.

Al cruzar la línea de meta, se sorprendió de haber completado el maratón tan rápido.. “Esperaba batir el récord, pero no por tanto”, dijo. “Desde el principio hasta el kilómetro 23, me detuve en cada punto de avituallamiento para evitar calambres. Después vi que tenía tiempo para la segunda parte, así que me tomé mi tiempo”.

Aunque su récord está todavía pendiente de la aprobación oficial de  Guinness, lo dedicó a recaudar fondos para la organización benéfica Koala, que ofrece entretenimiento a los niños que son atendidos en el departamento de pediatría del hospital de Pau, donde trabaja como asistente de enfermería.

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