Durante unos días del mes de agosto, el calendario del T100 en España se sostuvo con alfileres. La cancelación de Valencia dejó en suspenso la continuidad de una de las citas más esperadas del circuito mundial, sembrando dudas sobre la capacidad de la PTO de mantener la promesa de nueve pruebas y sobre la propia posición de nuestro país en el escaparate internacional del triatlón.
No se trataba de un simple cambio de sede, sino de un terremoto en toda regla: España había sido clave en el estreno de la serie en 2024 y, de golpe, el riesgo era quedarse fuera. ¿Qué hacer? ¿Qué camino tomar?
El peso de la decisión recaía en dos frentes: la PTO, como promotora del circuito, y la Federación Española, responsable de buscar una salida.
En el aire flotaban tres opciones, todas con sus riesgos. Cancelar la prueba directamente, lo que hubiera supuesto reconocer el fracaso y reducir el calendario a ocho citas; aplazarla a octubre o noviembre, encajando con calzador una fecha ya saturada de pruebas; o buscar, casi a la desesperada, una sede alternativa en territorio español que garantizara la celebración sin modificar el calendario. Fue en ese punto donde entró en juego Oropesa del Mar.
La localidad castellonense no partía de cero. En los últimos años había demostrado solvencia organizativa como sede del Mediterranean Epic Triathlon, había acogido Campeonatos de España de Larga Distancia y contaba con una estructura contrastada para albergar triatlón de primer nivel.
Pero nadie imaginaba que pudiera convertirse en la tabla de salvación de todo un circuito internacional. A mediados de agosto, con el país en pleno letargo vacacional, comenzó la carrera más contrarreloj de todas: levantar un T100 en apenas 33 días hábiles.
De Valencia al abismo: el origen del problema
La cancelación de Valencia no fue un hecho aislado.. Los motivos oficiales nunca se detallaron en público, pero tanto la PTO como FETRI asumieron que continuar en esas condiciones era insostenible.
«A finales de junio nos encontramos con un problema y tuvimos que abrir escenarios. El primero era que la Copa del Mundo no podía seguir adelante, porque con tan poco margen no era viable. El segundo, mantener Valencia en otra fecha, ya a final de temporada. Y el tercero, buscar una sede alternativa dentro del territorio», explica Jorge García, Director de Competiciones de la FETRI.
La segunda opción fue descartada de inmediato. Encajar un T100 en octubre o noviembre suponía solaparse con pruebas ya asentadas en el calendario, además de comprometer la preparación de triatletas que enfocaban sus temporadas a Kona o a los campeonatos continentales.
Solo quedaba entonces la disyuntiva real: cancelar o encontrar un nuevo destino. «Nuestra conclusión fue clara: o no se hacía o encontrábamos un lugar alternativo. Y por parte de T100, la propuesta final fue que había que mantener la misma fecha en territorio español», añade el Director de Competiciones.
En ese momento comenzó la búsqueda de sedes. Sobre la mesa se barajaron varias posibilidades, pero el abanico se estrechó pronto.
No bastaba con un escenario atractivo, era necesario un lugar con experiencia previa, con recorrido administrativo hecho y con un organizador local capaz de movilizar todos los recursos en tiempo récord. «La primera opción que apunté fue Oropesa. Tenía recorrido, había acogido todas las distancias y tenía la experiencia reciente de un Campeonato de España de larga distancia. Era una prueba que había sido puntuable para el ranking PTO y que tenía solvencia», afirma García.
Fue entonces cuando entró en juego Héctor de la Cagiga, responsable del Mediterranean Epic Triathlon. A él recurrió directamente la FETRI para plantear la situación y pedir un análisis rápido de viabilidad. «Jorge me llamó y me dijo: tenemos un problema, necesito que valores si crees que es factible montar esto en seis semanas», recuerda el propio Héctor.
La llamada llegó un jueves, en pleno mes de agosto. El tiempo apremiaba: había que presentar los permisos treinta días antes de la competición y apenas quedaban 33 días hábiles para hacerlo. La respuesta de De la Cagiga fue directa. «Me puse a mover contactos, a hablar con el Ayuntamiento, y en cuestión de días Oropesa dio luz verde. A partir de ahí, todo se aceleró».

La situación era tan límite que los trámites administrativos se convirtieron en la primera gran batalla. «Adaptamos toda la documentación del Epic Triathlon al T100 lo más rápido posible para poder entrar en plazo y tirar para adelantes», cuenta el organizador.
Mientras tanto, la FETRI activaba su maquinaria interna para acompañar el proceso y PTO enviaba sus técnicos a validar recorridos y logística.
El triatlón español acababa de iniciar, sin margen de error, su carrera más contrarreloj para rescatar a la PTO y el triatlón nacional de un riesgo reputacional considerable: Valencia se había caído, Ibiza estaba marcada por las complicaciones logísticas de su saturación turística y el circuito no podía permitirse otra baja en un mismo año.
«Lo que estaba en juego era mucho más que una carrera», admite Jorge García. «Se trataba de que España siguiera en el mapa del T100 y de demostrar que teníamos capacidad de reacción».
Montar un mundial en 33 días: el trabajo contrarreloj
Con la sede confirmada, comenzó una odisea logística que rozaba lo imposible. Agosto en España es sinónimo de parón, pero aquí cada día era oro. «El 15 de agosto llamabas a un proveedor y te decía: hablamos en septiembre. Y yo le contestaba: en septiembre ya hemos corrido», recuerda Héctor.
La clave fue combinar experiencia local con las exigencias internacionales de PTO. «En mis pruebas estoy acostumbrado a decidir y ejecutar. Aquí había que coordinar con la FETRI, con PTO, con World Triathlon. Cada uno tenía su forma de trabajar y no siempre coincidían. Había veces que el mensaje variaba según quién lo transmitiera. Y en esas situaciones tienes que tirar para adelante», explica Héctor.

Ese choque cultural obligó a improvisar sin perder eficacia. «Ha sido un pequeño reto adaptarnos a una forma de trabajar muy protocolizada. Muchas reuniones, todo con pasos muy marcados. Pero al final, después de un par de semanas, ya sabíamos cómo funcionaba el engranaje», reconoce el organizador.
Mientras tanto, la FETRI asumía la parte más complicada: la burocracia. «Pusimos en marcha toda la maquinaria administrativa. Hoy en día en España no es sencillo tramitar permisos con plazos tan ajustados, pero teníamos claro que había que llegar», recuerda Jorge García.
En paralelo, la PTO envió a su equipo técnico para validar recorridos, comprobar accesos de televisión y supervisar detalles como la zona de transición o el área de descanso de los deportistas.
Cada decisión arrastraba consecuencias. El ejemplo más claro fue la petición de instalar tarima en toda la zona de meta y transición, algo que inicialmente no estaba previsto. «Eso suponía cambiar el plan de montaje y asegurar que la estructura aguantara el arco de meta y todo lo que iba encima. No era un detalle menor. Pero lo hicimos, y cuando vieron que respondíamos de inmediato entendieron que había un equipo solvente detrás», explica García.

El proceso fue tan intenso que, en palabras de Héctor, «hemos tenido que salir de la zona de confort y trabajar con plazos que en condiciones normales habrían sido imposibles. Pero al final, cuando PTO nos felicitó diciendo que el Plan B había terminado siendo uno de los mejores eventos del circuito, entendimos que todo había merecido la pena».
El día D y la valoración final
El 20 de septiembre Oropesa del Mar amaneció convertida en sede mundialista. La avenida central, habitualmente tranquila al final del verano, se transformó en el corazón de un evento internacional retransmitido a más de cien países.
La expectación era evidente: la PTO llegaba con dudas sobre la respuesta del público, pero la imagen de la meta abarrotada desmintió cualquier temor.
«Yo creía que no íbamos a llenar ni la zona de llegada, y al final estaba hasta la bandera», admite Héctor de la Cagiga. El trabajo previo de comunicación con clubes locales y el reclamo de ver a los mejores triatletas del mundo surtió efecto. «El mailing que hicimos el miércoles anterior funcionó. Vinieron clubes de toda la provincia, y eso dio color a la meta y a la transición», explica.
La carrera en sí estuvo a la altura de las circunstancias. Wilde, Geens, Schomburg y Margirier ofrecieron un espectáculo en la prueba masculina, mientras que Charles-Barclay firmó una exhibición en la femenina.
La PTO, exigente con cada detalle, se mostró satisfecha. «Todo salió con los astros a favor, desde la climatología hasta el plan de montaje», afirma Jorge García.
La prueba no solo cumplió los estándares internacionales, también reforzó la idea de que España es capaz de reaccionar en momentos críticos. «Era muy difícil que no apareciera ninguna grieta en un proyecto que se había gestado así, y sin embargo todo funcionó como el engranaje de un auténtico reloj suizo», concluye el Director de Competiciones de la FETRI una historia, que, al final, tuvo final feliz.
