Hay decisiones que parecen un final y, con el tiempo, se entienden como un comienzo. Cuando Jaime Menéndez de Luarca comunicó a Sara Pérez que dejaba de entrenarla, después de una década juntos, no lo hizo por cansancio ni por desencuentros.
Lo hizo porque entendía que su papel, tras diez años de evolución conjunta, ya no podía seguir siendo el mismo.
Fue después de Samorín, en 2024. El resultado no acompañó, pero la decisión no tuvo que ver con aquella carrera. Venía de antes. «El ciclo mío y de Sara termina en París», recuerda Jaime. «Después de una medalla paralímpica, aunque seas guía, se cruza una frontera. Ella es muy exigente y el método empezaba a agotarse. No porque fuera malo, sino porque ya no generaba estímulo».
Un año después, los hechos hablan solos. Sara Pérez ha vuelto a sonreír compitiendo, ha guiado a Susana Rodríguez Gacio al oro mundial en Wollongong y, solo unas horas después, subió al podio individual de la T100, una de las citas más exigentes del calendario.
Su cambio de entrenador —ahora con Pablo Dapena— ha coincidido con uno de los momentos más sólidos de su carrera. Y esa evolución no se explica sin la decisión de Jaime.

Una decisión que venía de lejos
Durante diez años, Menéndez de Luarca fue mucho más que su entrenador. Fue quien la sacó del agua, literalmente, y la llevó a convertirse en triatleta profesional. «Sara solo sabía nadar en piscina», recuerda.
«Tenía una curva de aprendizaje rapidísima, lo cogía todo enseguida. Mi papel era frenarla. Durante años funcionamos así: yo mandaba, ella ejecutaba, porque era una fase educativa».
Con el paso del tiempo, aquella relación se transformó. Sara dejó de ser la triatleta que absorbía instrucciones y empezó a ser una deportista formada, licenciada en Ciencias de la Actividad Física, que discutía, preguntaba y quería entender cada decisión. «Llevábamos una década trabajando juntos, y por mucho que cambiase los entrenamientos, el método era el mismo. Ella ya sabía que los martes tocaba calidad de bici y los miércoles de carrera. Y aunque confiaba, siempre debatíamos sobre todo», explica Jaime.

«El grado de exigencia de Sara, propio de una persona de su nivel, a mí ya me costaba mantenerlo. No porque me cansara explicarle las cosas, sino porque sentía que había dudas más grandes que las propias sesiones. Y cuando tienes que justificar durante semanas por qué haces algo, llega un punto en el que entiendes que hay que cambiar».
El cambio no se improvisó. Jaime llevaba tiempo valorándolo. Quería evitar que la relación profesional terminara en desgaste personal. «Soy muy amigo de Sara, y había días que tanta explicación me crispaba un poco. Me dije que mantener esto no nos iba a hacer mejores ni a ella como deportista ni a nosotros como personas».
El pasado mes de mayo, después de Samorin, buscó el momento para hablarlo. La intención era hacerlo en persona, pero entre viajes suyos y de Sara, finalmente fue una videollamada en la que como él mismo dice, «se dice en cualquier ruptura: no eres tú, soy yo».
En su cabeza ya tenía un sustituto claro. «Desde el principio pensé en Pablo Dapena. Pocos entrenadores pueden funcionar con ella por cómo es. Dudaba de si él aceptaría, porque tenía mucho trabajo y una segunda paternidad recién estrenada, pero creía que podía ser el cambio que necesitaba».
Diez años de aprendizaje y una herencia común
Sara Pérez no solo entendió aquella decisión. La valoró. «A mí me sorprendió que un día Jaime me dijera que había gente que pensaba que habíamos acabado mal», cuenta. «No tiene ningún sentido. Yo estoy aquí gracias a él. Estoy hoy en un podio porque Jaime decidió invertir su tiempo en una tía que no sabía correr, que no sabía montar en bici y que se iba a las calles equivocadas nadando. ¿Cómo voy a acabar mal con alguien a quien le debo todo?».
Durante una década compartieron entrenamientos, viajes y un nivel de compromiso difícil de sostener. «Ha invertido todo su tiempo libre en mí. Me he pasado cinco años viéndole el culo en la pista todos los miércoles haciendo series. Claro que me dolió cuando me lo dijo, como duele cualquier ruptura. Pero también sé que lo hizo porque me quiere y porque quería lo mejor para mí», añade.
Sara reconoce que el cambio la ha ayudado, pero sin convertirlo en una revolución. «Con Pablo empecé en junio, no hace tanto. Se han cambiado algunas cosas que me han dado confianza corriendo, como los rodajes largos, pero esto no es porque de repente haga milagros. Jaime lleva años diciendo que tenía que probar otros sistemas, otros entrenadores, que debía abrir la cabeza».
Desde fuera, Menéndez de Luarca también ve la evolución. «Lo más difícil para un deportista no es mejorar el cuerpo, sino recuperar la ilusión», dice. «Y eso lo ha conseguido. Ha encontrado estabilidad. Los dos últimos años con nosotros había mucha montaña rusa. Este año, en cambio, la estabilidad mental ha sido clave. El cambio psicológico era el estímulo que necesitaba».
Sara coincide. «Las carreras me han ido bien por una suma de factores. Hay cosas que me siguen costando, necesitamos más continuidad, pero estoy tranquila. No me levanto cada día dudando. Entreno, compito y disfruto. Y eso también es mérito de quien me formó para poder hacerlo así».
Hoy, cuando Sara Pérez se sube a un podio mundial, hay parte de esa historia que sigue viajando con ella. Diez años de aprendizaje compartido, de exigencia, de confianza y de respeto mutuo. Cuando Jaime decidió dar un paso al lado, lo hizo para que ella siguiera creciendo. Y aunque ya no sea su entrenador, sigue siendo parte de su carrera.
