Llega la prueba que más premios reparte fuera de los grandes circuitos

Cada 15 de agosto, coincidiendo con la festividad de la Asunción, la localidad alpina de Embrun acoge uno de los triatlones más singulares, duros y respetados del calendario internacional. Lejos de las grandes franquicias, Embrunman reparte 96.000 euros en premios y mantiene intacto un espíritu que combina tradición, exigencia y mística.

Con sus inscripciones agotadas desde hace meses y más de 1.500 participantes confirmados, la prueba celebra este 2025 su 41ª edición. A pesar de no contar con retransmisión televisiva, su seguimiento por parte de la comunidad triatleta sigue siendo masivo. Y es que competir en Embrun no es solo completar un triatlón: es enfrentarse a todo un coloso, a una de las pruebas más exigentes que pueden hacerse en nuestro deporte.

Una prueba legendaria en todos los sentidos

Embrunman es sinónimo de resistencia. La salida, antes de las seis de la mañana, obliga a nadar en penumbra en el lago de Embrun, con temperaturas bajas y escasa visibilidad.

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Foto: Gustavo Rodríguez

Tras los 3,8 kilómetros de natación, llega un segmento ciclista que impone respeto solo con leer su perfil: 188 kilómetros y más de 5.000 metros de desnivel positivo, con el Col d’Izoard —puerto de categoría especial a 2.360 metros— como cima icónica de un recorrido que también incluye el Mur de Pallon y la subida final a Les Méans.

Todo ello antes de encarar un maratón final que transcurre entre el lago y las cuestas del centro de Embrun, con 400 metros más de desnivel que se convierten en juez implacable. No se trata solo de llegar. Se trata de resistir.

Aquí han triunfado algunos de los nombres más sólidos del triatlón de larga distancia. Marcel Zamora, el barcelonés que encadenó cinco victorias consecutivas en Embrun, lo resumía así: «No soy ningún portento físico. Simplemente, he mantenido una constancia espartana en los entrenamientos y he aprendido a sufrir, a hacer mi cabeza cada vez más fuerte». Su dominio en esta prueba, que siempre definió como la que más se ajustaba a sus capacidades, ayudó a construir la leyenda de la cita alpina.

También Judith Corachán logró inscribir su nombre entre las ganadoras. Lo hizo en 2019, en lo que ella misma definió como «el mejor momento de su carrera deportiva». Aquel día cruzó la meta entre lágrimas, arropada por su pareja y amigos, en una jornada que quedó grabada como uno de los hitos más emotivos del triatlón español. En 2017 también había subido al podio, confirmando su idilio con este trazado.

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Foto: Prensa Judith Corachán

Una semana de culto al esfuerzo

El Embrunman no es solo una carrera: es una experiencia que se prolonga durante varios días. Desde el lunes previo, el área de merchandising abre sus puertas, llegan los primeros atletas, se revisan bicicletas y se respira ese ambiente tenso y contenido que solo se vive en las grandes citas.

La ceremonia de premios, el 16 de agosto, pone el broche a una semana marcada por el respeto al entorno, la logística ajustada y una organización que apuesta por mantener vivo un modelo clásico, sin artificios, donde todo gira en torno al esfuerzo.

Pocos triatlones en el mundo combinan esta dureza con un premio económico tan elevado. Pero en Embrun no hay alfombra roja, ni helicópteros ni luces de plató. Aquí no se viene a exhibirse. Aquí se viene a rendir cuentas con uno mismo.

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