¿Qué moléculas placenteras liberamos al hacer deporte?

Si alguna vez has terminado un entrenamiento largo sintiéndote invencible, has experimentado de primera mano el cóctel químico que el deporte de resistencia genera en tu cerebro. No es solo una sensación subjetiva, es pura neurociencia: el cuerpo libera una serie de moléculas que nos hacen sentir bien, reducir el dolor, mejorar nuestra concentración y, en definitiva, volver a salir al día siguiente.

Vamos a ver cuáles son estas sustancias, cómo funcionan y por qué el ejercicio es una de las mejores drogas naturales que existen.

Dopamina, serotonina y el empujón inicial

Todo empieza antes de que te pongas las zapatillas. El simple hecho de decidir entrenar ya activa la dopamina, el neurotransmisor de la motivación. Es la molécula que nos empuja a buscar recompensas y nos ayuda a repetir hábitos. Según un estudio de Kent Berridge, de la Universidad de Michigan (Pleasures of the brain, 2003), la dopamina no solo está relacionada con el placer, sino con la anticipación del mismo.

Esto significa que cuando planificas tu sesión o te imaginas terminándola con éxito, tu cerebro ya empieza a recompensarte. Es un mecanismo que refuerza el hábito: cuanto más entrenas, más fácil se vuelve la decisión de hacerlo.

Pero una vez que te pones en marcha, el cerebro empieza a regular otra sustancia clave: la serotonina, conocida por su papel en el equilibrio emocional y la reducción del estrés. Durante el ejercicio, los niveles de serotonina aumentan, lo que explica por qué muchas personas recurren al deporte como una forma natural de combatir la ansiedad y la depresión.

Endorfinas, anandamida y el placer post-esfuerzo

Si hay algo que nos mantiene enganchados al deporte, es el famoso “subidón del corredor”. Durante décadas, se pensó que se debía exclusivamente a las endorfinas, unos péptidos que actúan como analgésicos naturales, reduciendo la percepción del dolor y aumentando la sensación de euforia.

Sin embargo, estudios más recientes han demostrado que hay otro actor clave en esta historia: la anandamida, un endocannabinoide que activa los mismos receptores que el THC (el compuesto del cannabis). Un estudio de Johannes Fuss, de la Universidad de Heidelberg (A runner’s high depends on cannabinoid receptors in mice, 2015), demostró que la anandamida juega un papel crucial en la sensación de bienestar post-entrenamiento.

Y hay más. Mientras las endorfinas actúan principalmente en la médula espinal para reducir el dolor, la anandamida sí puede atravesar la barrera hematoencefálica, afectando directamente a nuestro estado de ánimo. En otras palabras: no solo te sientes bien porque el dolor desaparece, sino porque tu cerebro te coloca en un estado de felicidad y relajación.

dopamina

BDNF, irisina y el cerebro en modo turbo

Los efectos del deporte de resistencia no se quedan solo en el momento del esfuerzo. A largo plazo, hay moléculas que remodelan nuestro cerebro y nuestra capacidad de adaptación.

Uno de los protagonistas es el BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro), una proteína clave para la plasticidad neuronal. Cuanto más entrenamos, más BDNF liberamos, lo que mejora nuestra memoria, capacidad de aprendizaje y resistencia al estrés. Carl Cotman, de la Universidad de California, analizó este fenómeno en su estudio (Exercise builds brain health: key roles of growth factor cascades and inflammation, 2007) y concluyó que el ejercicio es uno de los mejores estímulos para fortalecer el cerebro.

Pero no es el único efecto duradero. Durante el ejercicio, el cuerpo también libera irisina, una hormona que convierte la grasa blanca (almacén de energía) en grasa marrón (productora de calor). Este proceso no solo ayuda a la regulación metabólica, sino que también parece tener un impacto en la neurogénesis, ayudando a la creación de nuevas neuronas.

Y, como extra, tenemos las miocinas, unas proteínas liberadas por los músculos durante el esfuerzo, que no solo tienen efectos antiinflamatorios, sino que también envían señales al cerebro para mejorar su funcionamiento y adaptabilidad.

El círculo virtuoso del ejercicio

Todo este cóctel químico explica por qué el deporte de resistencia no es solo cuestión de físico, sino también de cerebro. Desde la dopamina que nos impulsa a empezar, pasando por las endorfinas y la anandamida que nos hacen disfrutar del esfuerzo, hasta el BDNF y la irisina que nos ayudan a seguir mejorando.

Por eso, engancha. Por eso, cuanto más entrenamos, más queremos entrenar. Porque nuestro cerebro está diseñado para premiarnos por el esfuerzo.

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