te quiebra las piernas, te alegra el corazón

Decían que esta vez las condiciones estarían buenas. Que a nosotros nos tocaría ver brillar Bariloche y su esplendoroso circuito. Sabíamos que se trataba de una de las carreras más impresionantes del circuito 70.3 de Ironman, pero traíamos en las valijas -y sobre todo, en la cabeza-, muchos de nosotros, las experiencias ajenas, de algunos amigos que disputaron la primera edición de la competencia, cuando la lluvia y el frío se hicieron presentes, llevando las conquistas a tintes épicos, y el sufrimiento al límite. No estábamos para epopeyas, el tiempo de preparación no había sido el suficiente. Queríamos tener un poco de suerte, solo eso.

Ya no todos son mejores que yo, son mis hermanos

Y la tuvimos. Desde el jueves previo al Ironman 70.3 Bariloche, el sol se hizo presente resaltando la magnitud de los lagos y las montañas, devolviéndonos el aliento. Los lugareños decían que continuaría así “por lo menos una semana”. Suspiros, alivio. Ya no se trataba del debut, como les relatamos aquella vez del 70.3 Buenos Aires, donde sentíamos eso de que “todos son mejores que yo”, pero casi.

70.3 Bariloche: fuego en el paraíso

En medio del Centro Cívico, un lugar emblemático de la ciudad rionegrina, la expo del 70.3 Bariloche, pequeña pero completita, demostraba el semblante animado de los voluntarios y organizadores. Esta vez, sería como lo soñaron.

Los kits iban volando y, como algunos lo dudaron hasta el final y no estaba todo vendido -tal vez por el clima de 2018 y la situación económica incierta, si no no se explica-, hubo varios que se anotaron sobre el final, corriendo contra reloj.

Viernes de lujo, sábado aún mejor. Charla técnica a cargo del siempre didáctico Abayuba Rodríguez y, lo mejor, un paseo gratuito por el impactante hotel Llao Llao, un lugar al cual muchos no accederíamos nunca, tal vez, si no fuese por situaciones como esta.

Esplendor, belleza por doquier y un particular aroma a competencia que le daban un matiz aún más emblemático a esta prueba de por sí especial. No fueron pocos los que decidieron, después de hacer el check-in de las bicis, tenderse en el verde césped lindero al campo de golf del hotel para tomar unos mates en buena compañía y contemplar la magnitud del Lago Moreno, donde horas después se realizaría la etapa de natación. Bien al fondo, emergía el pico del Cerro Tronador, aún nevado.

Ansiedad, pastas y cerveza artesanal

Embriagado por la belleza, uno se olvida del fin por algunos segundos. Pero la vuelta a casa marcaba el retorno de la ansiedad a nuestro cuerpo. ¿Será que el agua estaría tan helada como dicen? Y ese circuito de ciclismo,
¿será tan jodido y hermoso? A la hora de correr, los menos preparados ya no tendrían piernas, esa parecía ser la única certeza entre tanta incertidumbre.

De cualquier forma, sabiendo que no nos clasificaríamos ni de milagro al Mundial 70.3 de Niza, Francia (el 70.3 Bariloche puso en juego 40 plazas), sabíamos que la clave del éxito sería disfrutar, y disfrutarlo mucho, siempre que se pudiese. Cena rápida en un típico restaurante barilochense, unas aburridas pastas con aceite de oliva y sal, mientras las jarras de cerveza artesanal helada y las cazuelas de ciervo a la cazadora pasaban zumbando detrás de nuestra cabeza y delante de nuestros ojos ardiendo en deseo.

Llegó el gran día

Un buen descanso, a pesar de alguna que otra ida al baño y una pispeada obligatoria por el ventanal del hotel Interlaken, que daba al Lago Nahuel Huapi, para ver si el tiempo decididamente iría a darnos un día inolvidable. Bueno, eso en realidad dependería de nosotros. Desayuno veloz, chequear que todo estuviese en su lugar y otra vez hacia el magnífico Llao Llao, donde todo comenzaría.

La bicicleta parecía estar en su lugar, bien dormida y fresca -sobre todo, fresca. Tendría un día complicado.

Algunos saltitos precompetitivos, saludamos a los nuestros, y mientras la Banda Militar, además del himno entonaba temas de Abel Pintos y Village People, nos preparábamos para entrar al agua. Aquellos que no habíamos conseguido probar la temperatura y dar unas brazadas los días previos, teníamos los nervios de punta, ya que no sabíamos bien qué esperar -mucho habíamos escuchado.

El paisaje invitaba a creer, y la banda se despachaba con “el tema de Rocky”, Eye of the Tiger, que subía las pulsaciones a un millón. Abrazos, charlas entre nuevos conocidos que se hacían íntimas y algunos vistazos a los atletas de elite, que ya quebraban la quietud del lago a toda velocidad, con los brasileños en punta.

El circuito boyado debió ser modificado a último momento, debido a los fuertes vientos que soplaban “lago adentro”. A esa altura, daba igual.
¡3,2,1, rolling start y todos al agua! Entramos. Sentimos el frío golpeando, sobre todo, en el rostro, pero no era nada grave.

Enseguida, las sensaciones de congelamiento en las extremidades pasaron a un segundo plano a medida que veíamos el fondo del lago, de una belleza violenta, y nuestros brazos rompían un agua tan clara como la de una piscina -limpia, limpísima-, o más. “Disfrutalo, disfrutalo”, era el mantra. Lo disfrutamos.

Estúpido y sensual recorrido de ciclismo

Salimos, tiempo digno. La transición no fue fácil. A la hora de ponernos las zapatillas, el casco y la manga de compresión, las manos no funcionaban. Normal, estaban un poco entumecidas por el frío. Paciencia, toalla y ahora sí, a la bici. Ya desde el principio, el circuito nos demostró que nada sería fácil. Arranca en subida, continúa con cuestas. Aún con el cuerpo un poco congelado, la situación empeoró cuando se zafó la cadena, y recién habíamos recorrido… dos kilómetros.

Con algún que otro ruido extraño fuimos adaptándonos al recorrido trabado, zigzagueante y hermoso. Cuando el dolor se hacía insufrible, el remedio solía ser mirar hacia las montañas, contemplar el lago. Pero llega un punto en el cual ya no querés pedalear más, ni subir nada más.

Ángeles en el camino… cuidado, en Bariloche abundan

Llegando al final, la quinta vez que tuvimos problemas con la cadena, ésta se trabó en la corona. Parecía que el sueño de completar había llegado a su fin. La idea era cargarla al hombre, sacarse las zapatillas y terminar. Eso nos habría acabado, aún más, para los 21k de running. “Te ayudamos, pará”, dijeron dos flacos, ángeles en ese momento, que se pusieron manos a la obra y resolvieron el problema en dos minutos, dándonos un pequeño empujoncito para afrontar la última subidita, antes de la T2. Tanto ellos, como los excepcionales voluntarios se ganan mención especial.

A la hora de correr, piloto automático. Dos vueltas siempre a orillas del lago charlando con un montón de desconocidos, que se convirtieron en amigos, hermanos efímeros. Tal es así que el retorno glorioso que nos depositaría en el final mágico del Centro Cívico la hicimos con Marcos, un atleta sanjuanino con el cual, tras cruzar la meta nos abrazamos como si fuésemos hermanos de la vida. Éramos, en realidad, hermanos de carrera, de esos de los cuales el 70.3 Bariloche nos regaló más de una docena.

Federico Cornali, editor de atletas.info, en el Ironman 70.3 Bariloche
Federico Cornali, editor de atletas.info, en el Ironman 70.3 Bariloche

Bariloche, fuiste hermoso. Bariloche, me quebraste las piernas. Me robaste el corazón, me diste las mejores vistas, me distrajiste. Pero te sufrí, te sufrí como pocas. Nunca volveré. “Mentira, nos vemos en 2020”, me digo, después de los masajes reparadores. Extrañas sensaciones del circuito más lindo y austral del 70.3, ese que se te va a clavar en la retina y, si no te lo tomás con calma, puede convertirse en un vicio. Un consejo, no te lo tomes con calma.

*Experiencia vivida por Federico Cornali, editor de atletas.info, quien participó en el Ironman 70.3 Bariloche invitado por EventLive, organizadora del evento.  

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