Hay maratones duras. Y luego está la de Kona. Los 42 kilómetros finales del Campeonato del Mundo de IRONMAN en Hawái no perdonan. Se disputan al sol del Pacífico, sin apenas sombra, sobre asfalto ardiente, con una humedad que pesa como plomo y un viento que sopla desde el Este con la persistencia de lo inevitable.
Da igual lo preparado que llegues, lo meticuloso que haya sido tu entrenamiento o lo afinado que esté tu estado de forma: Kona no se negocia. Kona te pone en tu sitio.
Una línea recta al colapso
Lo que se vive en el segmento de carrera a pie de Kona poco tiene que ver con cualquier otro maratón del mundo. Tras nadar 3.800 metros y rodar 180 kilómetros por la Queen K, el cuerpo ya está al límite. Y entonces empieza el tramo final.
El recorrido arranca por la animada Ali’i Drive, pero pronto se transforma en una ruta solitaria, sin público, sin árboles y sin escape. Hay que subir por Palani Road, enganchar la autopista y llegar hasta el Natural Energy Lab antes de dar media vuelta y regresar por donde se ha venido. En total: 42,2 kilómetros. Más de 300 metros de desnivel acumulado. Y todo eso, bajo condiciones que rozan lo absurdo.
En octubre, Kailua-Kona registra temperaturas máximas de hasta 31 °C, con mínimas que rara vez bajan de 23 °C. Pero no es solo el calor lo que castiga. El verdadero enemigo es la humedad: más del 70 % de los días presentan niveles bochornosos u opresivos.

A eso hay que sumar que, en pleno maratón, el sol no da tregua: hasta 5,6 kWh/m² de radiación solar diaria a comienzos de mes. Como apunta Jaime Menéndez de Luarca, que ha competido allí siete veces: «Siempre digo que Kona sería absolutamente imposible si no hubiese un avituallamiento cada milla, cada 1.600 metros».
Iván Álvarez, otro veterano de la isla y que tiene previsto volver en 2027, lo resume así: «He hecho Hawaii seis veces y nunca he conseguido correr rápido de verdad. En cambio, la maratón de Hawaii siempre se me ha atragantado un poquito». Él, que se considera buen corredor, ha aprendido a sobrevivir con cabeza. «Ya te bajas de la bici con una fatiga extra, que es la fatiga por calor, la fatiga térmica. Entonces esto hace mella en la maratón».
Ni todo el calor del mundo te prepara
Antonio Benito fue el único triatleta español en la categoría profesional masculina en la edición de 2024. Y su entrenador, Pablo Dapena, lo sabía bien: si no se llegaba adaptado al calor, el cuerpo no iba a perdonar. Por eso diseñaron un protocolo específico.
«Hicimos cinco o seis semanas de entrenamiento de calor, con rodillo abrigado, correr en cinta abrigado, sesiones suaves, empezando desde 35 minutos hasta hora y media, pero siempre a ritmo fácil. Nada de series, porque puedes crear una fatiga brutal. Es como hipotecar el cuerpo antes de competir», resume Dapena.
Durante ese bloque, sumaron calor ambiental e interno: sesiones en Lanzarote, mucha sudoración, control de temperatura corporal con sensores Core y termómetros de oído. Y, por supuesto, adaptación progresiva. «Viajó dos semanas antes a Kona, para aclimatarse al clima, al jet lag… y los datos eran buenos. No había una gran deriva de pulso», recuerda el gallego. Todo apuntaba bien. Hasta que la carrera decidió otra cosa.

La primera subida tras la transición fue decisiva. «Se pasó de rosca», explica su entrenador. «Bajarte en Kona a un minuto treinta del podio no es algo que se pueda decir todos los días, pero salir tan fuerte tiene un precio. A partir del kilómetro veintipico, en cinco minutos se fue todo. Las plantas de los pies le empezaron a arder. Y ahí se acabaron las opciones».
Iván Álvarez conoce bien esa frontera entre el control y el hundimiento. «He intentado siempre hacer bien las cosas en bici, regulando, metiendo bien hidratos, bebiendo mucha agua, tomando bien las sales… pero aún así Kona te vacía». Por eso insiste en los detalles: «Algo muy importante en Hawaii es correr con hielos en las manos. Esto te baja bastante la temperatura. Y cuando el hielo se ha deshecho un poco, metértelo en la boca. Refresca y ayuda a bajar la temperatura corporal».

También desmonta una percepción habitual. «Se comenta a veces que lo más duro es cuando llegas a la Queen K, pero para mí donde se pasa más calor es en Ali’i Drive, por la vegetación y la falta de viento. Cuando salgo de ahí y llego a la parte alta, siento que respiro mejor».
En Kona, no basta con tener piernas. Hace falta cabeza, paciencia y mucho respeto. Como recuerda Menéndez de Luarca, «la termorregulación es el factor más importante del rendimiento, ya que el 75 % de la energía que utiliza un triatleta se emplea en mantener el cuerpo vivo». El resto, apenas el 25 %, es lo que queda para correr o pedalear.
Fernando Barahona de Andrés, responsable de DESAM y también con seis visitas a Kona, lo resume sin rodeos: «Es la maratón a pie más dura que hay del circuito con mucha diferencia». Para él, el castigo no se debe solo al clima, sino también a la presión del nivel: «La competitividad allí te exprime muchísimo más. Estamos con los mejores triatletas del mundo». Y remata: «Es muy difícil entrenar específicamente esa maratón. El deportista muchas veces se sorprende porque no rinde. O no está acostumbrado a esas condiciones o genéticamente no está preparado».
Barahona también destaca el golpe psicológico de las interminables rectas de la Queen K: «Cuando ya estamos terminando, con ese calor sofocante y sin apenas aficionados en el Energy Lab, llegamos al límite de nuestras capacidades». Por eso lo llama una prueba de exprimirlo todo: «Dar lo mejor de nosotros mismos al máximo deportivamente, psicológicamente… y llegar como se pueda a una meta mágica».
Porque correr en Kona no es solo correr. Es entrar en una especie de horno sin salida, con el cuerpo saturado, los pies abrasándose, el ritmo cayendo y la mente haciendo equilibrios. Es una prueba donde el talento no basta. Hace falta precisión. Y un respeto absoluto por la línea invisible que separa el rendimiento del colapso.
En ese último tramo, bajo el sol de Hawái, hay quienes escriben historia. Y hay quienes se quedan fundidos en la cuneta, sabiendo que lo dieron todo y que Kona, una vez más, se cobró su tributo.
