Otra vez. Otra noticia de suspensión por dopaje. Ruth Chepngetich, la mujer más rápida de la historia sobre la distancia de maratón, ha sido suspendida provisionalmente por dopaje. La sustancia: hidroclorotiazida, un diurético prohibido por la Agencia Mundial Antidopaje por su capacidad para enmascarar otras sustancias.
La concentración en su orina fue de 3.800 ng/mL. El límite sancionable es de 20. Ciento noventa veces por encima del umbral. El positivo se produjo cinco días después de que quedara segunda en la media maratón de Lisboa. Sin posibilidad de alegar contaminación.
Y sin embargo, Kenia sigue compitiendo.

Una lista que no para de crecer
El caso de Chepngetich no es una excepción aislada. Es un episodio más de una lista que no deja de engordar. Kenia lidera el ránking mundial de atletas sancionados por dopaje en pruebas de fondo. Un cuarto del total global.
Solo en 2022, se registraron 25 positivos en corredores kenianos. En una sola semana de otoño, fueron siete. A finales de ese año, había 55 atletas cumpliendo sanción. La tendencia no ha cesado desde entonces, y el goteo continúa.
Han caído figuras como Jemima Sumgong, campeona olímpica en Río, sancionada por EPO. Wilson Kipsang, ex plusmarquista mundial de maratón, castigado por manipular su paradero. Asbel Kiprop, triple campeón mundial, suspendido por la misma sustancia.
Y ahora, Ruth Chepngetich, la mujer que firmó 2:09:56 en Chicago y pulverizó la frontera de las dos horas diez. Ese mismo día, según sus parciales, rebajó sus mejores marcas en 5K, 10K y media maratón. Todo en una sola prueba.
La suspensión ha reavivado el debate. Las redes arden con comentarios que ya no se molestan en disimular la resignación. «Todos lo sabíamos». «Demasiado bueno para ser verdad». «¿Cuándo van a bannear a Kenia?» Nadie parece sorprendido.
El dilema de World Athletics
Rusia fue apartada de los Juegos Olímpicos en 2016 por dopaje de Estado. Kenia, sin estructura gubernamental detrás, ha acumulado en pocos años más de 100 sanciones oficiales. El impacto en la credibilidad del atletismo es, sin embargo, comparable.
La diferencia es de forma, no de fondo. En Rusia fue el aparato estatal. En Kenia, redes oportunistas, entrenadores locales, médicos rurales y agentes sin escrúpulos. Pero el resultado es el mismo: una élite plagada de positivos y récords en entredicho.
La pregunta ya no es si hay un problema. Eso está claro. La pregunta es por qué se sigue permitiendo competir a un país cuya cultura deportiva, según muchos, ha normalizado el dopaje como atajo económico. Y qué debe hacerse al respecto.
Las autoridades kenianas han reforzado sus controles. ADAK, su agencia antidopaje, ha aumentado personal, sanciones y programas educativos. El gobierno ha destinado fondos millonarios. World Athletics supervisa cada paso. Pero los positivos siguen cayendo.
¿Es suficiente? ¿O hace falta una sanción ejemplar? ¿Un castigo colectivo, como se hizo con Rusia, para forzar una reconstrucción completa del sistema? ¿Hasta cuándo va a mirar hacia otro lado la federación internacional?
Mientras tanto, los corredores limpios –en Kenia y fuera de ella– ven cómo se reparten premios, se baten récords y se repiten trampas. Y se preguntan cuánto más va a tardar el atletismo en recuperar su dignidad.
Porque si nadie se atreve a poner un límite, lo que se está dopando ya no son los atletas. Es el propio deporte.
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