Susana Rodríguez: trece Mundiales después, la misma ilusión

Treinta y siete años, trece participaciones en Campeonatos del Mundo y una trayectoria que sigue ampliando los límites del deporte paralímpico español.

En Wollongong, Susana Rodríguez Gacio sumó su séptimo oro mundial en la categoría PTVI junto a su guía, Sara Pérez. Lo hizo apenas unos meses después de someterse a una ablación cardíaca y catorce años después de aquel debut en Auckland, cuando todo era distinto.

«Cuando empecé nunca me podría imaginar todo lo que vino después», resume. «En mis mejores sueños no lo habría imaginado, pero sigo teniendo la misma ilusión que antes de aquel primer viaje».

Aquella primera experiencia, en 2012, fue tan rudimentaria como reveladora. «El paratriatlón estaba en ciernes. Viajábamos con la bici en una caja de cartón, dormíamos en un hostal y llevábamos unas equipaciones desemparejadas de la FETRI. No teníamos nada, y ahora tenemos un equipo. Con cosas por mejorar, claro, pero un equipo».

De aquel paratriatlón amateur a esta estructura profesional hay un abismo. Pero la viguesa no lo mide en material, sino en madurez. «Me he convertido en una persona completamente distinta, y sin embargo sigo siendo la misma en algo: la motivación. Es un deporte muy complejo, con muchos aspectos que puedes seguir mejorando. Y me lo sigo pasando bien, tanto en los entrenamientos como con mis guías».

Esa capacidad de disfrutar de lo que otros convierten en rutina es lo que la mantiene todavía compitiendo.

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Foto: Triathlon World

Treinta y siete años y la misma ilusión

La temporada que acaba de cerrar ha sido de transición, pero también de progreso. «Creo que este año he mejorado un punto en la natación y en la bici. En cambio, me he quedado un poco más justa en la carrera a pie. Llegué al Mundial un poquito peor, aunque había hecho entrenamientos que nunca antes había hecho».

No habla desde la autocomplacencia, sino desde la precisión de quien analiza su rendimiento con mirada quirúrgica. «Cada vez es más difícil mejorar, pero eso le pasa a cualquier deportista. Lo importante es seguir con esa ansia por progresar».

Sus palabras revelan una mezcla de lucidez y ambición. A medida que pasan los años, sus rivales son más jóvenes, pero la perspectiva también cambia. «Cada vez me enfrento a deportistas con diez o quince años menos. Yo ya no voy a mejorar un minuto en carrera a pie, eso está claro. Pero seguro que podemos hacer cosas, tanto a nivel individual como de equipo con Sara».

Esa noción de equipo es lo que vertebra su discurso. Habla en plural, aunque la historia la firme ella. «Este año me quedo con haber disfrutado de los viajes, de las competiciones, de la preparación. Pude gestionar mucho mejor el postjuegos que después de Tokio. Al final, claro que es bonito ganar un Europeo más o un Mundial más, pero lo que más valoro es el tiempo compartido con todo el equipo y, en especial, con Sara».

En su voz no hay ni rastro de rutina. Tampoco de la fatiga que suele acompañar a los deportistas veteranos.

Susana sigue entrenando cada día en Santiago, compatibilizando su trabajo como médica rehabilitadora con el alto nivel. Sigue haciendo listas, dice, de cosas que quiere mejorar. «Es muy importante eso, tener siempre tareas pendientes. Saber que hay margen. Ese es el motor».

Volver siempre al origen

El oro de Wollongong no cambia nada en su manera de ver el deporte. Lo que cambia, quizá, es la forma de disfrutarlo. «Ahora me lo paso bien», dice, «porque he aprendido a valorar las experiencias más allá del resultado».

Su relación con Sara Pérez ha sido parte de ese proceso. Una guía exigente, de carácter fuerte, con la que ha construido una conexión casi perfecta. «Entrenamos, competimos y, sobre todo, nos entendemos. Eso hace que todo sea más fácil».

Cuando se le pregunta por el futuro, no se detiene en fechas ni en objetivos. Prefiere hablar de motivación. «Dar consejos es difícil, porque cada persona tiene un día a día distinto», explica. «Pero cuando falla la motivación del rendimiento, hay que volver a las motivaciones más básicas: salir a moverse, disfrutar del deporte y de la relación con los demás. A partir de ahí, ya puedes volver a pensar en tiempos, en rendimiento, en objetivos. Pero hay que volver a los cimientos de la pirámide».

No habla solo de los demás, también de sí misma. Porque detrás de los títulos y las portadas hay una atleta que, trece Mundiales después, sigue buscando la misma sensación que la llevó a aquel primer hostel de Auckland: la de disfrutar del triatlón. Lo que entonces era supervivencia hoy es excelencia, pero la raíz es la misma. La ilusión intacta de una mujer que sigue avanzando.

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