Mientras buena parte del triatlón nacional gira en torno a rankings, puntos y convocatorias internacionales, hay quienes optan por otro camino. Más libre, menos institucional. Sin becas, sin centros de tecnificación ni visibilidad en las Series Mundiales, pero con resultados que obligan a mirar. Mikel Arrasate, con apenas 20 años, ya ha dejado claro que no necesita pasar por el circuito federativo para hacerse notar.
El de Lekeitio se mueve en un terreno que recuerda a otros nombres como el de Albert Moreno en sus mejores años: atletas que forjan su presente desde fuera del sistema, eligiendo su calendario con libertad, creciendo paso a paso y dejando actuaciones brillantes allí donde compiten.
En el caso de Mikel, la victoria en el corto del Triathlon Alpe d’Huez —por segundo año consecutivo— no es solo una muestra de talento, sino la confirmación de que su camino, aunque alternativo, también conduce al alto nivel.

Con una base sólida en ciclismo, deporte en el que compitió durante años en categorías inferiores, Arrasate ha sabido reconectar con el triatlón desde una perspectiva personal y sin ataduras. Entrena con Joanes Goitisolo, organiza sus semanas en función de los estudios universitarios y huye deliberadamente del ruido: «Con más presión mi cabeza no funciona», admite.
De la grupeta al podio: la forja de un triatleta por libre
Arrasate nunca ha pisado una Copa del Mundo ni ha vestido el mono de la selección. Su entorno es otro. La grupeta de Guernica, donde entrena con nombres como Pello Bilbao o Ander Okamika, es su mejor centro de alto rendimiento. Las pruebas del circuito vasco, su campo de entrenamiento. Y su entrenador, alguien que conoce bien su realidad y que sabe cómo adaptar los planes a una vida universitaria lejos de casa.
«Durante el curso entreno menos horas, intento mantener la intensidad con menos volumen. En verano puedo meter unas 18-20 horas a la semana, pero en época de clases bajo a 10-12», explica. Se organiza para meter la sesión principal por la mañana, estudiar, ir a clase, y rematar si queda energía. Ni concentraciones ni estructuras: «Nada en especial, seguramente lo mismo que la mayoría de deportistas jóvenes que estudian en la universidad».
Su regreso al triatlón fue natural. Después de dos años centrado en el ciclismo, echaba de menos la variedad y el juego de combinar tres disciplinas. Lo intentó por su cuenta, volvió a disfrutar y tras el Triatlón de San Sebastián de 2024, se puso en manos de Goitisolo.
Desde entonces, la progresión ha sido constante: victorias en carreras como el Memorial Onditz o Alpe d’Huez, buenas actuaciones en pruebas con nivel internacional como Fuente Álamo —donde terminó 17º— y una madurez poco habitual para su edad.
Alpe d’Huez, una victoria con nombre propio
Su actuación en Alpe d’Huez no solo confirmó lo que ya se intuía, sino que elevó el nivel de exigencia para quien quiera batirle en este tipo de pruebas. Arrasate repitió victoria con autoridad, en una edición donde rivales como León Chevalier o Pello Osoro, que venían de correr el largo el día anterior, también tomaban la salida.
Salió del agua en séptima posición, a poco más de un minuto de la cabeza. Se metió en un grupo de siete junto a Pau Noguera, y juntos afrontaron los primeros kilómetros de ciclismo. Pero fue al llegar al pie del Alpe d’Huez cuando todo cambió. «Sabía que desde pie de puerto tenía que poner mi ritmo. Subí unos 30 segundos más rápido que el año pasado. Al principio apreté más para recortar, y cuando cogí la cabeza, regulé para llegar bien a la carrera a pie», explica.
El ataque fue fulminante. En solo tres kilómetros ya había alcanzado al líder, y coronó en solitario con la prueba prácticamente decidida. Solo quedaba correr, en un terreno duro y técnico, donde los isquiotibiales amenazaban con rebelarse: «Se me subían en las cuestas de arriba, pero lo fui controlando. En las bajadas apretaba un poco más».
Entró en meta con fuerza, sonriendo, sabiendo que había disfrutado desde el primer metro.
La experiencia en los Alpes fue algo más que una victoria. Fue una semana de convivencia, de risas, de entrenamiento y desconexión. «Estábamos en un camping a pie del Alpe. Fuimos cinco de Lekeitio y mis padres. También había otros triatletas vascos como Unzu, Pello, Gonzalo… Era como estar en casa, pero a diez horas de aquí», cuenta.
Entrenaban por la mañana, visitaban la piscina, compartían mesa y ruta. Una mezcla de vacaciones, concentración y aventura que define bien su forma de vivir este deporte.
Arrasate no mira a las Series Mundiales, ni busca una plaza en el Mundial Sub23. Su calendario lo deciden él y su entrenador, y su motivación no pasa por los focos. «Me gusta mirar poco quién corre». Lo dice alguien que ha ganado en el Alpe d’Huez dos veces, que entrena con algunos de los mejores ciclistas del país, y que está construyendo su propio camino en silencio, pero con paso firme.
El futuro del triatlón no siempre pasa por los circuitos oficiales. A veces, también se forja en un camping, a pie de puerto, entre amigos, risas y una subida sin miedo al Alpe.
