Jelle Geens aterriza en Marbella con la calma de quien ha aprendido a competir sin urgencias. Dos días antes del Mundial IRONMAN 70.3, el vigente campeón del mundo mantiene su tono sereno, habla de entrenamiento, de su hija y de un año en el que todo parece haber encajado.
Tras dominar en Taupō y consolidarse entre los mejores del circuito T100, el belga buscará ahora revalidar su corona en la Costa del Sol.
Su recorrido hasta aquí no ha sido el habitual. Con 32 años y tres Juegos Olímpicos a la espalda, Geens cerró su etapa en corta distancia con la decisión firme de dar el salto a la media.
Lo hizo sabiendo que no podía permitirse tres años de prueba y error, y que cada paso debía tener un propósito: su primera llamada fue a Ben Russell, el técnico con el que Patrick Lange ganó en Kona.
«Necesitaba a alguien con experiencia, que supiera cómo hacerme rendir sin perder tiempo», ha explicado en Breakfast with Bob.
Desde entonces, su trayectoria ha sido una demostración de regularidad y adaptación. Ha aprendido a leer otro tipo de carreras, a convivir con el dolor más largo, a correr con cabeza. Y, sobre todo, a disfrutarlo. «Hacia el final de mi etapa ITU ya no me divertía. Necesitaba algo nuevo. El 70.3 me devolvió la motivación», reconoció.

El cambio de rumbo que funcionó
El vínculo entre Geens y Russell comenzó hace poco más de un año, en septiembre de 2024, cuando ambos se reunieron por primera vez antes del IRONMAN 70.3 de Zandvoort. El técnico británico aceptó el reto de guiar a un atleta maduro, padre reciente y con objetivos inmediatos. «No podíamos permitirnos tres años de ensayo. Teníamos que acertar a la primera», dijo Russell, que ya había probado su método con Lange y Mika Noodt.
El arranque no pudo ser mejor. Apenas unas semanas después, Geens ganó en Las Vegas y derrotó a Marten Van Riel, el hombre más dominante de la temporada anterior. La victoria confirmó que su apuesta por la media distancia no solo era viable, sino rentable.
«El salto de reconocimiento es enorme. En corta puedes ganar una WTCS y todo sigue igual, pero ganar un IRONMAN cambia las cosas. De repente te paran por la calle», reconocía.
Su vida, sin embargo, apenas se ha movido del mismo eje: entrenar, descansar y volver a casa a tiempo para las noches sin dormir de su hija. «El día después del Mundial de Nueva Zelanda me levanté a las seis porque la niña tenía hambre. Todo sigue igual», bromeó. Esa normalidad, dice, le ayuda a mantener los pies en el suelo y a no dejarse arrastrar por el ruido de un deporte que ahora le ofrece más visibilidad, más patrocinadores y más presión.

Marbella y el futuro que se abre
El belga llega a Marbella con un calendario más selectivo que en su época olímpica. Este año ha corrido menos, pero mejor. Triunfó en Geelong y Vancouver, fue segundo en San Francisco y Andorra, y ha mantenido un nivel sostenido que le ha permitido llegar al final del curso en plenitud. «A estas alturas siento que estoy en mi mejor forma del año», afirmó. Para ello ha pasado varias semanas en altitud, con un bloque final de concentración diseñado para llegar al límite justo de fatiga y descanso.
En Marbella, dice, no piensa en el resultado, sino en ejecutar su plan. «Quiero repetir título, pero sé que el nivel será altísimo. Están todos los campeones desde 2019. Será una carrera muy dura», resumió. A su lado, Russell insistía en la misma idea: control, inteligencia y confianza en la preparación.
Más allá del fin de semana, Geens empieza a mirar al horizonte del IRONMAN. No lo hará todavía en 2025, pero sí en el corto plazo. «Diez años atrás habría dicho que nunca haría uno. Ahora lo veo distinto. Me apetece, quiero aprender lo que exige Kona», confesó. Su entrenador lo tiene claro: «Por su técnica, su cabeza y su motor, tiene todo para hacerlo bien».
Por ahora, su única obsesión es Marbella. Un circuito exigente, una defensa complicada y un campeón que ha encontrado el equilibrio entre ambición y calma. Geens vuelve a estar donde quería: en forma, motivado y listo para correr sin presión.
