La Big Swim de Marnaton, 20kms en aguas abiertas vividas desde dentro

Si correr 20 kilómetros cuesta, hacerlos nadando es harina de otro costal. Aunque correr y nadar sean deportes completamente diferentes  y hacer comparaciones es peligroso, para hacerse una idea del esfuerzo que supone nadar ciertas distancias, puede sernos útil establecer “equivalencias”. Se estima una “equivalencia” de cuatro a uno,  es decir, el nivel de esfuerzo que supone nadar 1 km es “equivalente” a correr 4 km.

En esta comparación no entramos en aspectos de desgaste muscular y articular porque obviamente,  la natación no comporta el impacto ni el desgaste que supone correr, no obstante, lo que sí comporta es un sobreesfuerzo importante por el simple hecho de ser un deporte que se realiza en el agua, un medio donde actos tan “simples” como mantenerse “a flote”, respirar y moverse ya cuestan un esfuerzo al que hay que sumarle el de avanzar a cierta velocidad.

Si además añadimos aspectos físicos a los que nos tenemos que adaptar como la temperatura del agua, corrientes, olas, etc., moverse y avanzar en el mar puede convertirse en una odisea. Así pues, a groso modo,  podemos “equiparar” nadar 20 km a correr 80 km. Yo, que he hecho ambas cosas, puedo dar fe de esta comparación. Es tan o más duro nadar 20 km que correr 80 km.  Aunque el dolor muscular y articular de los días siguientes sea mucho peor tras una ultramaratón, por el impacto y desgaste del que hablábamos anteriormente.

Nadar estas distancias no se lo plantea cualquier persona que no sea nadadora, tenga experiencia en aguas abiertas o que esté como una cabra o una combinación de todas ellas.  Yo no soy nadadora, en el sentido que no vengo del mundo de la natación sino que he ido a parar en él en edad adulta, cuando empecé a hacer triatlones.  No obstante, a pesar de tener una técnica que deja bastante que desear, lo cierto es que llevo años nadando y tengo experiencia en aguas abiertas.

Llevo tiempo compaginando el triatlón con travesías. Y esta afición a las aguas abiertas que ya viene de lejos ha llegado a su máximo esplendor esta pasada primavera, cuando tuve el placer de conocer y entrar a formar parte de un grupo de nadadores/as que nadan en la playa del Pont del Petroli de Badalona.  Un grupo heterogéneo,  desde los más expertos y rápidos a los más principiantes. Desde los que nadan 13 kms un domingo cualquiera a los que nadan 1 km.  En este grupo hay cabida para todo aficionado a las aguas abiertas. Para entrar en él,  sólo hay dos requisitos, tener ganas de nadar y un número de teléfono para unirse al grupo de Whatsapp donde se organizan todas las quedadas para ir a al mar. Las más frecuentadas son las del fin de semana a primera hora de la mañana pero en cualquier momento y cualquier día de la semana, si alguien quiere nadar, manda un mensaje al grupo y se nada.  Este grupo de Whatsapp lo llamamos Albadas y lunáticas. “Albadas” porque se acostumbra a nadar a primera hora de la mañana cuando sale el sol y “lunáticas” porque es tradición salir a nadar las noches de luna llena.  Para que luego digan que el romanticismo ha muerto…  Entrar a formar parte de este grupo no sólo ha hecho que mi afición a la natación en aguas abiertas se multiplicara por millones, sino que aprendiera y mejorara mucho en todos los aspectos. Por otro lado, en este grupo estás a la última de todas y cada una de las travesías que se organizan en el país y fuera de él.

Y así, como quien no quiere la cosa o quien sí la quiere, he ido acumulando horas y kilómetros en el mar. Durante el verano, hice travesías de 12 y hasta de 15 km, así que cuando  me enteré que Marnaton organizaba una travesía de 20km por una zona idílica como es la Costa Brava  y el Cap de Creus, me apunté. Para mí iba a ser un reto en mayúsculas, difícil aunque no imposible y planteable teniendo en cuenta las horas de mar que llevaba y que ya había superado la barrera de los 12 km.

Big Swim Marnaton

Foto: Marnaton

La Bigswim de Marnatón

La Bigswim de Marnatón iba a ser una travesía de 20 km,  con salida en Cadaqués y llegada al  Port de la Selva, cruzando el tan conocido Cap de Creus y se iba a celebrar el 5 de octubre.  El punto de encuentro sería en el Club Náutico de Port de la Selva. Para los que no la conozcan, esta zona se sitúa en el norte de la Costa Brava y lo que tiene de bonita lo tiene de complicada. El viento (la tramuntana), las olas y las corrientes están a la orden del día y más en estas épocas del año.  Los que nos apuntamos, ya sabíamos que la probabilidad que se cancelara o se cambiara el recorrido era alta, pero lo asumimos.

La travesía admitía un máximo de 50 nadadores que hubieran completado alguna travesía de al menos 12 km.  El recorrido no estaría balizado y cada nadador tendría que ir custodiado por un kayak conducido por un palista que lo guiaría y avituallaría a lo largo del recorrido. El tiempo límite inicial establecido era de 8 horas que supone nadar a un ritmo de 24 minutos cada 1000 metros incluyendo las paradas para avituallarse. Puede parecer que es un ritmo cómodo y lo es para nadar un rato, pero aguantarlo durante tantas horas, sobre todo si el mar se ponía mal, cosa que sabíamos que pasaría en algún tramo, para los que no somos grandes nadadores, iba a ser difícil. No obstante la organización debe de poner límites y tiempos de corte para garantizar nuestra propia seguridad y la de los kayaks.  No se puede tener  50 nadadores y kayakistas desperdigados por el mar a lo largo de 20 km durante un tiempo ilimitado.

Días antes travesía, todos estábamos pendientes de las previsiones meteorológicas que a una semana vista eran buenas. No obstante, éstas son muy cambiantes y hasta el último momento, no te puedes fiar. A 48h la previsión ya había cambiado para mal, soplaría un viento del norte del carajo y habría oleaje de más de 1 metro en el mejor de los casos. Y Cruzar el Cap de Creus iba a ser imposible.  La organización avisó mediante un email que estaban pensando en rutas alternativas para garantizarnos una travesía de 20 km en unas condiciones meteorológicas más seguras. Pero como las previsiones cambian, hasta la tarde anterior, en el brieffing, no se sabría el recorrido definitivo.

El Briefing definitivo

Y llegó el viernes. A las 20h estábamos todos en el Club Náutico del Port de la Selva, ansiosos para saber qué recorrido haríamos. El recorrido sería en sentido contrario, de norte a sur, partiendo de Cadaqués y llegando a Roses. Uno autocares nos trasladarían del Port de la Selva a la Cadaqués para la salida y posteriormente nos devolvería, de la llegada en Roses a Port de la Selva. Igualmente serían 20 km, en unas condiciones marítimas límite, viento a favor y oleaje 0,8-1 metro.

Durante el briefing nos asignaron a nuestro kayakista. Cada nadador tenía que dar las pautas de paradas e hidratación a su kayakista. Yo le di al mío un papel plastificado con las paradas que tenía pensado hacer y lo que tenía que darme en cada una de ellas. De esta manera, el nadador solo se preocupa de nadar y el kayakista es el que te para para avituallarte según las pautas establecidas.  Cuando hay oleaje, es incómodo nadar, pero es mucho peor ir en kayak, así que cabía la posibilidad que los kayaks no pudieran salir.

En este caso, se agruparía a los nadadores en grupos de nivel que deberían nadar juntos toda la travesía y cada grupo sería custodiado por una embarcación.  Esto no lo sabríamos hasta la misma mañana del sábado, en función del oleaje.  La incertidumbre y los nervios tras el briefing se multiplicaron por millones. No sé si alguien durmió esa noche.

Los preparativos

Y  llegó el sábado. Sólo salir del hotel, a las 6.30 AM para ir a coger el autocar que nos llevaría a Cadaqués, ya soplaba una tramuntana del carajo, las banderas iban solas.  Mi cara de novata y de susto se divisaba a la legua. Tanto es así que se me acercaron muchos nadadores más experimentados y me dedicaban palabras de ánimo y tranquilidad.  Una vez en Cadaqués, nos preparamos, nos untamos de vaselina y lanolina y nos enfundamos el neopreno, aunque hubo unos pocos valientes que nadaron sin él.

Desde la playa, el mar se divisaba tranquilo dentro de la bahía de Cadaqués, el festival nos lo íbamos a encontrar al salir de ella. Finalmente saldríamos con los kayakers como guías. Justo antes de la salida, hubo un momento de estrés. Faltaban kayaks. La organización agrupó a algunos nadadores del mismo nivel para ir con el mismo kayak-kayakista pero yo me quedé sin pareja. Una embarcación de la organización me custodiaría al principio de la travesía hasta poder reagruparme con algún nadador –kayak que fueran a mi ritmo.

María Puig

Foto: Marnaton

La travesía

Y empezó la travesía.  Me quedé casi la última, lo cual me importaba un bledo, de hecho tenía muy claro que iba a ser de las últimas en llegar, si llegaba. La embarcación de la organización a mi lado como me habían dicho. Mis sensaciones nada más empezar fueron muy buenas, había estado nadando los últimos meses sin neopreno y hacerlo con él cambia mucho las cosas para los que somos malos nadadores. Además de ganar 10 segundos cada 100 metros, ganas en flotación y eso se nota y mucho.

En cuanto a la temperatura, perfecta, 19 grados. Cuando salimos de la bahía de Cadaqués y giramos para dirigirnos hacia Rosas quedando al descubierto, empezó el festival del oleaje. No obstante, el viento, las olas y la corriente nos venían de espaldas así que, si eras capaz de mantener la calma, dejarte llevar y no pelearte con las olas, el mar te empujaba y te ayudaba a avanzar.  Cuando hay mala mar, lo peor que se puede hacer es ponerse nervioso y luchar contra las olas.  Cuando peleas contra un elemento de la naturaleza, tienes todas las de perder.

Al haberme quedado sin kayakista en el último momento, la primera hora nadé con una barca de la organización al lado, cuando llevaba una hora nadando, ya vi un kayak a mi lado y la barca de la organización se alejó. Imagino que algún nadador lo había dejado y me asignaron a su kayakista.

En el Km 5 había que dar un giro y adentrarse en el Cap Norfeu hasta llegar a la Cala Conjols, km 7, donde había un primer control de paso. El paisaje absolutamente brutal, pero entrar en el Cap Norfeu fue complicado porque las olas ya no te empujaban desde atrás sino que te venían de lado. Pero lo afronté con la misma filosofía, mantener la calma y no pelear con el mar.  Y llegué a la cala en muy buen estado y contenta de haber superado el primer tramo a pesar de las malas condiciones.

No era necesario salir del agua aunque podías hacerlo, yo no salí, si lo hizo mi kayakista para recargar agua e isotónico y reemprendimos la marcha. Salir del Cap Norfeu fue tan complicado como entrar, nuevamente oleaje de lado que hacía difícil seguir la trayectoria en línea recta y avanzar. Y más mérito tuvieron los kayakistas, el mío se mantuvo a flote y en línea recta a pesar del oleaje. Un diez para todos ellos. Una vez salimos del Cap Norfeu, volvíamos a ir en la dirección de las olas y del viento así que, a pesar del oleaje, si te dejabas llevar, el mar te empujaba.

Y llegamos al segundo control, al km 13, en la Cala Pelosa. Muy contenta por haber superado más de la mitad de la travesía y de hecho, el tramo más duro. Ya no era la última nadadora, lo cual era lo de menos, pero eso significaba que iba bien. Ya “solo” quedaban 7 km. Y allí empezó el sufrimiento y la odisea. Curiosamente el mar ya estaba mucho más calmado pero tuve la sensación constante de ir contracorriente. No sé si era realmente así o es que estaba reventada y me costaba avanzar.

Lo cierto es que esos 7 km finales se hicieron muy largos a pesar del buen estado del mar. A falta de 4 km ya se divisaba Rosas y aquello todavía era más agonizante, veías tu destino pero nunca llegabas a él. En ese tramo tuve que parar más veces de las estipuladas dado que la fatiga ya hacía acto de presencia. Paradas rápidas para beber, comer algo y reemprender la marcha. Y, aunque mucho más lentamente que al principio, fui avanzando hasta ver cada vez más cerca el objetivo. El clímax fue al dar un giro de casi 90 grados y ver la playa del Palangers de Roses donde estaba situado el arco de meta. Esos 400 metros finales fueron los más rápidos que he nadado jamás a pesar de estar agonizando de cansancio. Es curioso como la mente puede hacer que tu cuerpo responda de esta manera. Y tras 6h 40 minutos, llegué a mi destino. Me costó ponerme en posición vertical y andar, de hecho estuve unos minutos sentada en la orilla con las piernas en el agua para no hacer ningún espectáculo. Tras unos minutos, me levante dando algún que otro bamboleo y crucé la meta más feliz que una perdiz.

Agradecimientos

Aunque el recorrido final no fue el previsto inicialmente, fue igualmente duro y espectacular.  Una travesía que lo tiene todo, longitud, dureza y encanto. Felicitar a la organización de Marnatón por haber organizado una travesía tan espectacular a pesar de los contratiempos meteorológicos, buscar y encontrar un recorrido de 20 km alternativo con tan poco tiempo de antelación debió ser muy complicado. Dar las gracias a los kayakistas por su excelente trabajo, estar tantas horas metido en un kayak, aguantando olas y corrientes para avituallarnos y garantizar nuestra seguridad es digno de admiración.

Foto: Marnaton

Dar las gracias y felicitar a todos los nadadores  que compartieron esta aventura conmigo, que me animaron y me ayudaron con sus consejos, en especial a Popy, un nadador de los más veteranos que completó la travesía en un tiempo brutal y fue uno de los valientes en hacerlo sin neopreno.

También quiero dar las gracias a todos los nadadores/as de la Playa del Pont del Petroli, con los que comparto “albadas” y “lunáticas”, sin ellos ni siquiera me hubiera planteado hacer esta barbaridad. Me gustaría mencionar a uno de estos nadadores, David Rius, para darle las gracias por su ayuda y el reconocimiento y la enhorabuena que se merece por lo que hizo el pasado martes 24 de setiembre. Completó la travesía de la Mar d’Amunt, 42 km a nado, de sur a norte, desde Rosas hasta llegar a Portbou. Más de 14 horas nadando sin parar y sin neopreno. Es el primer hombre que lo consigue sin neopreno. Enhorabuena y gracias por compartir tus conocimientos y tu experiencia con todos nosotros.

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